Don Enrique Luft Pavlata

¿Quién es Enrique Luft Pávlata?  A muchos años de conocerlo para mí sigue siendo un enigma. Lo que puedo afirmar es que es un ser extraordinario en la medida de que no se parece con alguien más. Su vida y su espíritu quizás no sean ejemplares, puesto que nadie podría repetir su camino. Él nunca habla de sus orígenes. De labios de su única hija escuché alguna vez que viene de familias nobles centroeuropeas, a las que él nunca hace referencia. Con extrema dificultad algún novelista podría crear un personaje con sus características y esa particular visión del mundo y de la vida. Para algunas personas, (yo me incluyo entre ellas) la presencia de Enrique en Pátzcuaro es parte importante del paisaje afectivo. Cada vez que entro al pueblo, mis ojos, instintivamente lo buscan en la Plaza Mayor o en las calles y no han sido pocas las ocasiones en que lo encuentro caminando o sentado en los portales y disfruto con él de un mezcalito gracias a su generosidad. Pátzcuaro sin su presencia no sería lo mismo. Enrique es un ser que llama la atención primero por su calidad evidente de extranjero, pues su tipo está muy alejado del hombre moreno propio de ésta región de Michoacán. Su presencia se hace más notoria por su peculiar indumentaria que lo hace resaltar en cualquier lugar a donde vaya (normalmente viste pantalón de ferrocarrilero con un sombrero de fieltro parecido al que usaba Joseph Beuys). Pero algo que llama profundamente la atención, porque es muy notable, es su arraigo a este pueblo, para bien o para mal, y que lo ha convertido con los años, en un personaje completamente habitual dentro de este paisaje. Al pasar entre la gente son muchos los que lo saludan con afabilidad. Don Enrique -como se le conoce en el pueblo- y su primera esposa fueron por muchos años los grandes promotores de la conservación de Pátzcuaro. Quizás, si muchas de sus acciones en defensa de este lugar desde su llegada en el año de 1961 no las hubiesen llevado a cabo, el pueblo no sería más lo que es. La ignorancia y prepotencia de las autoridades hubieran acabado con la armonía y la belleza que tiene. Esta lucha por defender la integridad de Pátzcuaro, también la dio, y con mucha energía, para salvar del inminente deterioro al templo de Tupátaro. Enrique Luft fue quien verdaderamente lo rescató y emprendió su restauración, incluso sin haber recibido la autorización del INAH y sin contar con presupuesto alguno. Igualmente mostró su preocupación por el rescate de muchos otros edificios valiosos en las inmediaciones del Lago de Pátzcuaro, tal fue el caso del ex convento franciscano de Tzintzuntzan. Nació en Austria cerca de la ciudad de Linz y luego su familia se movió a Passau en Alemania. Desarrolló el gusto por el dibujo y esto lo llevó a estudiar en la Escuela de Bellas Artes de Berlín y luego, grabado en París con Stanley William Hayter. No lo se a ciencia cierta, pero lo más probable es que antes de 1959, México no haya significado nada para él en su horizonte afectivo o en sus expectativas de desarrollo personal. Sucedió luego que se enamoró de una mexicana y en julio de 1961, con treinta años de edad, debido al trabajo de ella, llegaron a vivir a la noble ciudad de Pátzcuaro. Me quisiera poner por un momento en sus zapatos. ¿Qué pasaría realmente por la mente de este hombre formado en la Europa de la postguerra al verse de pronto en un sitio tan diferente a lo que hasta entonces había sido su realidad? ¿Habrá caído como tantos otros extranjeros en la fascinación de los colores, aromas y sabores exóticos de las culturas indígenas? Enrique Luft llegó a Pátzcuaro con el corazón abierto y la humildad necesaria para aprender hasta de la gente más sencilla. No se si para entonces hablaba el castellano. Tal vez lo entendía gracias al tiempo que llevaba de relación con su mujer. Más para entonces todavía una buena parte de la población de Pátzcuaro hablaba la lengua purépecha y eso redundaba forzosamente en una mayor dificultad para establecer una buena comunicación. Se que en aquellos años y todavía muchos después, la Secretaría de Gobernación trataba con gran desdeño a los extranjeros radicados en el país, haciéndolos pasar cada año por trámites por demás engorrosos. Tampoco los michoacanos se caracterizan por acoger amablemente a los extranjeros. Por ello, Enrique, en sus primeros años, debió de haber encontrado su tabla de salvación en los demás extranjeros radicados en esta región, tal fue el caso, por ejemplo, de su amistad con el pintor norteamericano Ralph Grey y con la pintora surrealista Brigitte Bate Teachenor, mujer inglesa de singular belleza radicada en Ario de Rosales. Su esposa, la señora María Teresa Dávalos tenía el puesto de directora del Museo de Artes Populares, y un poco a su sombra, fue buscando relacionarse con algunos mejicanos y mejorando su comprensión y expresión en lengua castellana. Gracias a su inteligencia, sus conocimientos adquiridos en Alemania, sus buenos oficios y relaciones familiares, Enrique obtuvo una plaza como restaurador de monumentos en el Instituto Nacional de Antropología e Historia, trabajo que lo hizo entrar en contacto con artesanos y albañiles de la región. Confucio decía: “Si quieres ser feliz, nunca te muevas del sitio donde naciste”. Aunque esta sentencia para muchos suene muy exagerada, encierra una visión propia de los lugares de baja densidad de población. Lugares en donde todos se conocen y en donde si uno se asoma un poco a los árboles genealógicos resultan muchos matrimonios entre parientes de primero, segundo o tercer grado. Es por ello que la presencia de extranjeros resulta la mayoría de las veces inquietante y por ello les demuestran un cierto rechazo. No se si esto sea un atavismo que el pueblo purépecha arrastre desde la conquista, debido a los abusos y maltratos que padecieron a costa de los conquistadores, pero en todo caso la situación es muy distinta en las grandes metrópolis, en donde la gente vive una vida más anónima. Supongo que al ver a Don Enrique ocupar una casa en el pueblo e ir de compras al mercado la gente pensaría que era un gringo más, simplemente por ser rubio y de ojos claros. Cincuenta años han pasado y Don Enrique sigue allí. Allí nació su hija, allí nacieron sus dos nietas, y de esta manera, un poco a empujones, ha ido echando algunas raíces en este suelo. El joven Enrique que llegó de repente a este terruño, con toda inocencia y sin malicia alguna, en aquellos años sesentas, se acercaba a la gente del pueblo sin pena, queriendo aprender de ellos. Así de esta manera conoció a varias personas de quienes admiró, tanto su honesto sistema constructivo, así como sus métodos para la elaboración de mezcales. Estas referencias y enseñanzas le sirvieron muchísimo después para afrontar, con esa misma honestidad, la restauración de algunos edificios, construir su propia casa, hacer su propio mezcal, así como también en su proceso de adaptación a ese medio que le era un tanto cuanto hostil. La primera vez que alguien me habló de él, me dijo: “Te quiero presentar a un hombre por demás interesante y único: pintor, escritor, poeta. Vive en Pátzcuaro en una casa de adobe, hecha con sus propias manos, en donde no se usa el gas ni para cocinar, ni para calentar el agua. En este sentido es muy ecológica pues utiliza solo leña. Llegaremos a su casa sin avisar, y, si de entrada le caes bien, te invitará a pasar. Si le parece que seas alguien interesante quizás te invite uno de sus famosos mezcales que él mismo elabora”. Llegamos a una casa modesta en una céntrica colina; efectivamente estaba hecha de adobe con un terminado a mano muy sutil. La primera impresión que tuve al verlo, fue encontrarme con un ser bastante especial. Un hombre con una gran presencia y una especial luminosidad en su mirada. Impresionaba su manera de hablar el castellano todavía con un fuerte acento, pero con mucha precisión en cuanto al uso del lenguaje coloquial mexicano. Era sorprendente escucharlo emplear con justeza las malas palabras o los dichos populares. No daba la impresión de ser un aristócrata, ni siquiera un hombre de grandes recursos. Parecía más bien un obrero, un hombre del pueblo. Vestía con mezclilla y paliacate amarrado en la cabeza, huaraches, pelo largo, la barba un tanto descuidada. Aunque tenía el aspecto de un hippie, su espíritu irradiaba una luz diferente. Mostró alegría de vernos y su conversación, más que irse hacia el tema de la pintura o la poesía se orientó hacia el mezcal. Esa vez fue la primera que le oí decir “El mezcal es lo mejor que yo he encontrado desde que llegué a México”. Escuchar esto de la boca de un extranjero culto y por demás inteligente, llamó mi atención pues por aquellos años nadie hablaba de mezcal en México. Esa era la bebida de los pobres. Este año él, orgullosamente, celebra sus bodas de oro con el hermano mezcal. Resultaba sorprendente toparse con la visión de México bajo el lente de un extranjero que traspasó sin dificultad y sin temor todas las capas sociales. En México, aunque no queremos darnos cuenta, vivimos en un sistema de castas, o de estratos sociales. La gente de un estrato social, poco o nada se mezcla con los de otros estratos. Enrique Luft lo hizo sin prejuicio alguno y eso traslucía en su conversación. Tengo la impresión de que espiritualmente, él se sentía más cómodo estando con personas de las clases económicamente menos favorecidas. Me queda la duda respecto a si esta actitud obedece a una postura filosófica frente a la vida que al mismo tiempo transparente su posición política personal. Su manera de vestir y de acercarse al pueblo hace presuponer una clara predilección por los gobiernos de izquierda. Otro rasgo de su personalidad que sorprende es que un hombre con la preparación y la formación europea que él traía -además del alemán, hablaba inglés, francés y latín-, normalmente se vuelve un triunfador en nuestra tierra, en la que tantas oportunidades existen. El costo que representa para un gobierno formar artistas e intelectuales es muy alto. Enrique llegó acá ya formado y lo natural hubiese sido abrirle las puertas y aprovechar de sus conocimientos. Por extraño que parezca, en Michoacán esto no sucede. Existe en nuestras autoridades una clara propensión a ir en contra de la inteligencia y a no utilizar de la experiencia ni de los recursos de personas extranjeras, aunque éstas estén deseosas de participar en programas culturales y educativos de manera gratuita. Por ello, para él, su desarrollo personal como artista e intelectual no ha sido nada fácil. Enrique Luft es un hombre antes que ser un pintor, un restaurador o un poeta. Ha utilizado como medios para expresarse a la pintura, el collage, el grabado, el dibujo, la poesía escrita, la arquitectura, la restauración. Es un hombre que al igual que las orquídeas ha florecido a pesar de no haber encontrado soporte en el suelo michoacano. Al parecer, su situación económica nunca ha estado completamente resuelta. Sus pinturas no han encontrado una salida honrosa y se han quedado distribuidas entre su círculo de amigos íntimos. Es cierto que Enrique nunca se preocupó por la parte comercial de su obra. Él, como artista plástico, siempre siguió su voz interior y, por ello, su obra es completamente honesta. Seguramente de haber vivido en una metrópoli, su obra hubiese encontrado un mercado a través de las galerías y los marchands. En este sentido, como artista plástico, Enrique Luft ha sido una victima más del obsceno centralismo en el que vivimos. Por otra parte, como escritor, tampoco ha tenido abiertos los caminos para la difusión de su obra. Toda esta situación de verse inmerso como extranjero dentro de un pueblo aislado de los centros culturales es poco motivante. Algo lo retuvo en Pátzcuaro a pesar de las múltiples piedras que encontraba en su camino. Ahora Enrique ha pasado muchos más años en Pátzcuaro que los que vivió en Alemania, y a su edad, resulta poco probable que quiera moverse a otro sitio. Su obra plástica nos muestra a un artista interesado en el arte internacional. No en un arte que refleje la realidad local, sino un arte que se integra a las grandes corrientes de pensamiento en el mundo. Con un estilo muy propio, Enrique Luft desarrolla un arte pictórico sustentado en el concepto y apoyado en el dibujo como si, a través de sus cuadros, estuviese buscando plataformar una novedosa tesis o teoría del arte. En este sentido su obra se inscribe perfectamente en el marco del arte moderno de la segunda mitad del siglo XX. He tenido oportunidad de ver sus obras en algunas ocasiones. Sobre fondo monocromático verde aparecen líneas en negro que dibujan clips metálicos en diferentes posiciones y de formas distintas. En otros, sobre el mismo fondo verde, aparecen líneas que nos muestran abstracciones de cuerpos femeninos en posturas eróticas; en otros más, vemos éstas líneas dando forma a jugadores de fútbol americano. En casi todas sus pinturas incorpora textos en alemán con una letra gótica muy elegante pero encerrando mensajes encriptados para la mayoría de los que los vemos. Estas imágenes nos remiten de alguna manera al Pop Art norteamericano de los años sesentas y poco o nada tienen qué ver con el entorno en donde Enrique Luft ha vivido los últimos cincuenta años. Más que una búsqueda estética es una conceptual: son imágenes desconcertantes incluso para el medio ambiente mexicano. Uno diría que en su expresión plástica no quedan reflejados por ningún lado estos años de vida en México. Su arte refleja una profunda vida interior y un diálogo consigo mismo y con sus lecturas. Al mismo tiempo se evidencia su aislamiento del mundo acelerado y vibrante de las grandes urbes. En este sentido su obra es profundamente personal; hasta cierto punto ermitaña. Otra parte de su producción la realizó sobre tablas para rebanar el pan o el queso. Valiéndose como soporte de un objeto tridimensional ya hecho (ready made), Luft pintaba diversos temas sobre éstos. De los que conozco, la mayoría contienen imágenes femeninas francamente eróticas, rayando en lo pornográficas. Estos objetos tienen poca o nula relación con el entorno de los pueblos michoacanos, o con su artesanía. Se relacionan más con un arte internacional: una mezcla de dadaísmo, surrealismo y arte conceptual. Su expresión es de corte urbana; cosmopolita. El año de 1992, Enrique Luft publicó un libro de Haiku y de Poemas Punk bajo el título “La Barca Lunar en la Entrada de Servicio”, lo hace bajo el nombre H. G. Pávlata, editado por la Universidad Pedagógica Nacional dentro de su serie “Los Cuadernos del Acordeón”. Al parecer éste es su primer y único poemario publicado. Sus poemas aparecen tanto en inglés como en español, ambas versiones son de él mismo. Muchos años antes, había traducido algunos textos poéticos de Robert Graves, lo que lo llevó a conocerlo y convivir algunos meses con él en la isla de Mallorca. Estos textos no estoy seguro de que hayan sido publicados. Algunos de sus amigos, me han dado fe de que Enrique Luft siempre se ha ocupado en desarrollar proyectos interesantes. Tenía un estudio de pintor muy bien puesto y una producción regular tanto de obra pictórica como de grabado. Respecto a sus grabados puedo asegurar que denotan un gran conocimiento técnico y un nivel de complejidad muy alto para su ejecución. Como muchos europeos, Enrique Luft  tiene una aproximación muy científica de las cosas, lo que le ha significado mantener una cierta distancia crítica sobre lo que lo rodea. Otra de sus características germanas es el ser siempre riguroso con cualquier técnica. La pregunta que inevitablemente me surge es ¿qué hubiera sido de Enrique Luft de haberse quedado en Alemania o al menos de haber vivido en un medio más fértil? ¿Hasta dónde el permanecer tantos años en Pátzcuaro más que un estímulo ha sido una limitante para su fina inteligencia y creatividad? ¿Cuántos textos literarios tendrá aún inéditos guardados en cajones? ¿Cuántas brillantes ideas se habrán quedado en proyecto al carecer de estímulos suficientes para desarrollarlos? Confieso que para mi es un gran honor conocerlo y sentirlo cerca afectivamente. Lo considero mi padrino en el descubrimiento del mezcal. Admiro su inteligencia, aunque a veces no comulgue con sus ideas. Siempre que he podido, he disfrutado de su compañía y de su conversación. No obstante, como decía al principio de este texto, Enrique Luft, para mí, sigue siendo un enigma en muchos aspectos.  

Eduardo Rubio Elosúa.

Junio del 2011.

Una respuesta para “Don Enrique Luft Pavlata”

  1. Saludos Eduardo! felicidades por sus exposiciones tan interesantes! Algo de lo que don Enrique Luft prefiere no hablar mucho es sobre una mala experiencia que tuvo con la gente de Tzintzuntzan cuando estuvo trabajando en la restauración del exconvento, pero yo quiero reconocer el importante trabajo que hizo en ese edificio cuando estuvo ahí, ojala supieramos más de ello. Saludos a Lourdes, otra que ha sido poco reconocida por lo que hizo para que se pudiera llevar a cabo la restauración del exconvento, que hoy luce tan bien.

    José Manuel Martínez Aguilar
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