La Mirada Cómplice. María Antonieta Canseco de Garrido. Exposición de fotografías de Eduardo Rubio Elosúa

Toda mirada es un viaje. Un viaje que acompaña o un viaje que captura. El olfato es el sentido que posee más memoria (lo demuestran los perfumes), el gusto es el que nos concede recuperar el pasado (todos hemos experimentado el prodigio de visitar la nostalgia de la manera en que narró Proust con sus magdalenas mojadas en té), el tacto es un camino promisorio mientras que el oído suele ser evocador pero es la vista el sentido que nos concede el embelesamiento, la contemplación y –como veremos en la obra de Rubio- la obsesión.   Eduardo Rubio Elosúa es un artista mexicano (Monterrey, N. L., 1956) que explora constantemente su pasión por mirar y la expresa al realizar fotografías de pinturas reconocidas, directamente en los museos que las albergan. Su pasión por el arte no termina ahí. No es un turista más que observa la obra sino un creativo fotógrafo que se prepara gozosamente para intervenirla. Trátase de un singular voyeurismo artístico en que él participa además con afanes creativos y que definen el hechizo que ejercen la figura femenina y la naturaleza, sobre el fotógrafo.  

            Rubio toma su cámara Canon EOS Rebel T3i. El otro ojo que usa Rubio (y con él irrumpen la modernidad y la tecnología) es un lente zoom Canon EF 70-300 mm, 1:4-5.6 IS USM ultrasonic macro 1.5 m / 4.9 ft. para reproducir el momento en que un pintor del siglo XVII o del XVIII, atrapaba con su pincel a la modelo que pintaba o para destacar algo de un cuadro de Pollock o Gauguin. Rubio usa las cámaras -y los lentes- como máquinas del tiempo que lo llevan hasta el momento mismo de la creación de las obras que ha seleccionado a su gusto. Un viajero que produce un viaje maravilloso por imposible y mágico.

  No hay descanso en el quehacer de tan peculiar peregrino del arte. Nuestro fotógrafo no solamente observa, también admira. En un principio su obra retrataba las pinturas –pero siempre con una participación del fotógrafo al dar más luz, o trabajar sobre el resultado del lienzo original-, transformaba la imagen de la pintura intentando volver a experimentar el instante en que la obra fue culminada. Esta es una obsesión que lo acompaña.  

            La obra de Rubio es una intervención que se nutre de dos disciplinas: la pintura y la fotografía y en la que convergen dos diálogos: el del autor primigenio –que podemos considerar clásico o consagrado (todas sus imágenes parten de obras que forman parte de acervos exhibidos en destacados museos trátese de autores clásicos o de los grandes genios contemporáneos) y el de Rubio que desmenuza, detalla, sobrepone, ilumina, fragmenta, aprehende y manipula esa obra dando por resultado una tercera. He aquí un ejemplo de intertextualidad: una obra es revisitada y se transforma en otra con un discurso visual distinto.

            En su texto “Ilusión y desilusión estéticas” Baudrillard explica que el arte actual está dirigido a un duelo estético, está encaminado hacia el remake de todo lo realizado en el pasado, las vanguardias no existen, los artistas crean sus obras nutriéndose de la de otros. Nuestro peregrino, Rubio, se asoma a lo ya pintado –y mirado- por otros artistas y lo captura con el mismo afán con que los impresionistas retaban a la fotografía: retratar fielmente lo que se ha mirado.

            La exposición “Por amor al arte” es un concilio de miradas: la primera es la del pintor consagrado que ha creado una obra en tiempo y espacio determinados, la segunda es la del fotógrafo Rubio que desde el presente se ha asomado a lo que el pintor miró –y ha realizado una intervención vía la tecnología- y la tercera es la del público que observa –como a través de un prodigioso lente- a los dos autores: el primigenio y el fotógrafo que interviene la obra.

  La mirada cómplice de Rubio queda cristalizada en sus fotografías y obsequia al público un caleidoscopio de formas y colores tomados de las obras originales pero ahora transfiguradas a su arbitrio, les concede un nuevo orden. Joan Mitchel y Niki de Saint Phalle quedan cautivas en un mosaico de colores –y nos asomamos a sus obras a través de la mirada de Rubio- que decide fragmentar las obras al imponer formas geométricas, marcos y reproducciones que nos llevan a mirarlas tal y como él lo desea. Nos obliga entonces a ver significados nuevos. ¿De quién es finalmente la obra de arte? ¿Quién descifra sus significados? parece preguntarse Rubio y sus intervenciones artísticas responden: de quien las mira y las aprehende.

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