Cuento: Jugando con el Alma

¡Prefiero morir que vivir anclado a esta silla de ruedas! Se lamentaba el joven Santiago. Habían pasado dos años ya desde aquél accidente de motocicleta del que había quedado hemipléjico. Entonces, estrenaba su mayoría de edad. Esa noche había bebido abundantemente celebrando en el antro con sus amigos. Al salir, se sentía alegre, pero sobrio como para conducir la moto hasta su casa. Iba bajando la Loma de Santa María cuando, de pronto, de la profunda oscuridad, vio salir a una pareja atravesando la calle a pie a pocos metros de él. Quiso frenar para no atropellarlos pero su motocicleta derrapó y se fue al barranco lleno de piedras. Por fortuna traía puesto su casco. No recuerda nada del accidente. Su último recuerdo es la pareja cruzando la calle sin ninguna precaución. Pasó cuatro semanas internado en el Star Medica, dos de ellas en estado de coma, tiempo que sirvió para que sus ocho fracturas soldaran un poco. El pronóstico médico nunca fue halagüeño. Estaba condenado a pasar el resto de su vida en esa maldita silla de ruedas que tanto le desesperaba. Su misma condición de inmovilidad lo llevó primero a intentar varias veces suicidarse, mas nunca lograba culminar su propósito: alguien se daba cuenta y de alguna u otra forma lo ponían a salvo. Buscaba cuanto medio tenía para escapar a su realidad. A sus amigos les solicitaba que le consiguieran cualquier tipo de droga. Tan solo pensar que tendría que estar así por muchos años lo desalentaba y lo sumía en una profunda depresión. Santiago recibía visitas frecuentemente: sus amigos y amigas, sus familiares, alguna vez sus maestros y de cuando en cuando su familia le acercaba un sacerdote para que intentara animarlo y reconfortarlo en la fe. El rollo que le echaba el religioso no hacía sino enojarlo más contra Dios. Le resultaba una injusticia y una crueldad su situación. Sabía que por más que el mundo entero le implorase, su situación no iba a cambiar. Su misma rebeldía lo hizo interesarse en la filosofía y la meditación. Todos los días ejercitaba la respiración profunda tratando de visualizar el interior de su cuerpo. Buscaba llegar a sus órganos vitales, a sus huesos, recorría sus venas como si viajase dentro de una cápsula diminuta en el flujo de su sangre. Se cuestionaba seriamente si existiría el alma de la que tanto se habla y de la que nada se sabe. En sus meditaciones cada día llegaba más lejos. Sabía lo increíblemente poderoso que puede llegar a ser el cerebro humano. Sabía que el hombre no utiliza sino un pequeño porcentaje de su potencialidad. Se planteó seriamente la necesidad de conocer y explotar día con día estas capacidades humanas. Después de un tiempo, logró, por ejemplo, contener la respiración por más de veinte minutos sin sentir agobio alguno ni experimentar cambios fisiológicos ni alterar su ritmo cardiaco. Logró controlar el dolor y todas las sensaciones y reacciones de la piel hacia el frío o el calor. Podía meter su mano al fuego varios minutos y no experimentar dolor, ni ardor. Su cerebro lograba controlar que su piel no sufriera quemaduras. Se preguntaba ¿Cómo puedo controlar esto y no puedo volver a caminar? ¿Cuándo podré arreglar mi columna vertebral para recuperar el movimiento? Sin embargo, su lucha en este sentido era infructuosa. Un día después de hacer sus ejercicios de respiración, se concentró en mandar señales a su corazón para que éste dejara de latir. Su ritmo cardiaco comenzó a disminuir, y, de pronto, sintió una liviandad en su cuerpo completamente extraña: no entendía lo que le estaba sucediendo. En un momento determinado abrió sus ojos y se vio a sí mismo sentado en su silla de ruedas en actitud de estar muerto. Se asustó muchísimo y volvió en sí como en un rayo. Su corazón comenzó a latir con un ritmo excesivo. Muy desesperante le resultó verse de nuevo atrapado en ese cuerpo que no le servía. Pasó muchos días asustado y absorto en su vivencia sin contarle nada a nadie. No digería muy bien lo que le había sucedido. Luego de varias semanas de autoanálisis y de meditación, llegó a la conclusión de que había logrado separar el alma de su cuerpo. Por más que le daba vueltas al asunto no encontraba ninguna otra respuesta. Con esto en mente, se propuso repetir la experiencia, con la consigna de no asustarse. El día que se decidió a hacerlo buscó que fuese de noche cuando ya todos en su casa estuvieran dormidos y estando seguro de que tampoco hubiera visitas. No estaba seguro de poder lograrlo. Repitió el ejercicio de meditación, mandó el mismo mensaje a su corazón y, esta vez, con gran facilidad logró sacar el alma de su cuerpo. No podía creer esa sensación de ligereza que sentía. Vio su cuerpo nuevamente, esta vez acostado en su cama y decidió probar el moverse dentro de su casa. Con cierta dificultad para moverse, se dirigió a la recámara de sus padres y sin necesidad de abrir la puerta la traspasó y los vio durmiendo placidamente. Su padre roncaba haciendo un ruido infernal como de costumbre. Se dirigió al cuarto de sus hermanos esta vez, para su sorpresa, traspasando los muros de la casa. Le parecía divertido poder hacer esto. No necesitaba hacer ningún esfuerzo, era tan liviano que flotaba en el aire. Sus hermanos estaban dormidos también, sin embargo Bolita, el french poodle se despertó y comenzó a ladrar en dirección a él con mucha intensidad. Santiago sintió un jalón y regresó súbitamente a su cuerpo como alma en pena. Escuchó cómo sus hermanos se despertaron asustados, vio prenderse la luz por la rendija de la puerta y unos minutos después, todo volvió a la normalidad. Santiago no podía creer lo que había logrado. Pensaba para sus adentros que estaba desarrollando el arte de volverse fantasma y se carcajeaba solo. El jueguito le gustó y lo repitió por varias noches. Se salía al jardín a ver la luna, caminaba por las calles vacías, intentó volar con sus brazos pero se dio cuenta de que así no era la cosa. Tenía que movilizarse con la mente. Había que impulsarse con el deseo y no con las extremidades. Una noche, hizo el esfuerzo mental de aparecerse en el hospital Star Médica, y, en lo que dura un flash, se ubicó en el tercer piso del sanatorio reconociendo a algunas de las enfermeras que lo habían atendido. No sabía cuantas horas habían pasado y pensó que era mejor regresar a su cuerpo antes de que lo creyeran muerto. Igualmente, en un instante despertó en su cama y para su incredulidad, en su reloj solo había transcurrido un minuto. Se propuso hacerlo de día. A sus padres les pidió que no permitieran las visitas porque quería dormir pues se sentía muy cansado. Incluso pidió que le cerraran las cortinas hasta oscurecer el cuarto. Repitió el ejercicio y daba brincos de alegría porque sabía que había vencido a su cuerpo con el poder de la mente. Había recuperado su movilidad. Pensó en sus amigas y apareció en los pasillos de su escuela, caminó entre todos pero nadie se percataba de su presencia. Por más que intentaba hacerse notar gritando o intentando tocar a las personas, su voz no era escuchada y su mano traspasaba la materia. Esto, lo puso un poco nostálgico, pero no triste. Estaba logrando hacer algo que nadie sospechaba siquiera como posibilidad. Santiago dominó el arte que había inventado. Cuando quería salir a pasear, sólo repetía el mismo ejercicio. Cuando quería que lo chiquiaran se quedaba en casa en su silla de ruedas e invitaba a sus amigos. Solía salir más de noche que de día. Le parecía divertido pasearse por las calles en pijamas. Una noche que andaba caminando por las calles, según él, haciendo ejercicio, sintió algo muy extraño. Repentinamente volteó la mirada y detectó a una pareja que también andaba haciendo footing pero no por la banqueta sino por el centro de la calle. Sintió un escalofrío muy inusual. Al acercarse a él, ellos le preguntaron si era Santiago Mirelles. Se quedó paralizado por unos instantes. Ellos le dijeron que no tenía nada que temer. Se presentaron con él como Sergio y Lorena Sandoval. Le confesaron que ellos conocían perfectamente su situación pues el día que le tocaba morir, a ellos les había sido encomendado asustarlo cruzándose repentinamente en una calle oscura de Santa María. Le dijeron que su intención no había sido dejarlo inválido, que en realidad él había salvado su vida por traer puesto su casco. Santiago estaba muy confundido y no sabía qué pensar. Caminó junto a ellos por un largo rato y, en un determinado momento, les dijo: “No sientan culpabilidad alguna por mi situación, es cierto que no es agradable quedarse paralítico, pero, también es cierto, que esa situación me ha dado la oportunidad de vencer muchas adversidades y desarrollar la potencialidad de mi mente a niveles que para mí eran insospechados. Más bien, soy yo el que tiene que agradecerle a ustedes.” A partir de ese momento Santiago comenzó a ver a muchas personas más que estaban en una situación semejante a la de él. Se juntaban en los parques, a veces, se iban a reír a los cementerios contándose historias de humor negro. Así pasaron algunos años viviendo en esa doble existencia, hasta que un buen día se hartó de su cuerpo y decidió no regresar a él. Eduardo Rubio Elosúa Morelia, Michoacán. 24 de marzo del 2011.

Escriba un comentario