Homenaje a James Metcalf

Es para mi un gran honor el participar hoy en este acto en donde estamos reunimos para reconocer públicamente la labor y la trascendencia de un hombre sumamente especial: James Metcalf. Cuando recibí la invitación para decir unas palabras en este acto, además de sentirme muy alagado por esta distinción, comenzaron a fluir muchas ideas que se cruzaban intermitentemente de mi corazón a la cabeza. ¿Qué decir de un hombre como Jim? ¿Cómo corresponder a tal distinción? Con el correr de los días y luego de haber revisado los textos y documentos que se han escrito sobre él, y otros, que el propio Jim ha escrito, me convencí respecto a que lo mejor que podría hacer hoy era hablar desde el fondo de mi alma respecto a lo que Jim ha significado en mi vida. Como antecedente lejano he de decir que fue en mis tiempos de estudiante del doctorado en Historia del Arte en París cuando descubrí al grupo de “Los Nuevos Realistas”. Para mí fue muy interesante analizar las concordancias y las diferencias respecto a lo que había sucedido en las vanguardias tanto en Nueva York como en París en los años cincuentas y sesentas. Nueva York representaba el mundo joven de artistas inmigrantes o hijos de inmigrantes, artistas que haciendo gala de técnicas experimentales principalmente en pintura llegaron a integrarse en el movimiento conocido como “Expresionismo Abstracto”, y unos años más tarde, desarrollaron lo que se conoció mundialmente como el movimiento de Arte Pop. En París, el viejo mundo, cuna del pensamiento ilustrado, el arte se manifestaba más como conceptos que como objetos físicos, haciendo renacer profundamente la influencia de Marcel Duchamp en esta segunda mitad del siglo XX. Me refiero a las obras de Yves Klein, de Christo, de Daniel Spoerri, de Cesar Baldasari, de Jean Tinguely y su esposa Niki de Saint-Phale, a las acumulaciones de Arman, artistas agrupados en torno a la figura de Pierre Restany, crítico de arte que redactó los tres manifiestos de este movimiento publicados a partir del año 1960. Para mí estas figuras tan importantes de la Historia del Arte Contemporáneo, se volvieron míticas. En los años ochentas, años en los que yo viví allá, algunos de estos artistas ya habían muerto y otros se habían convertido en figuras inalcanzables. Cuando conocí a Jim en Santa Clara del Cobre me sorprendí de que él hablara de toda esta gente con una familiaridad sorprendente. “Si, -me decía-, yo los conocí muy bien a todos ellos, yo le enseñé a soldar metales a Jean Tinguely, y por algunos años compartí mi taller y hasta mi habitación con más de alguno de ellos. Todos eran mis cuates, algunos lo siguen siendo. El propio Pierre Restany escribió algunos textos sobre mi escultura”. Le pregunté específicamente acerca de Yves Klein, artista que había estimulado mi curiosidad y había estudiado con gran detalle y al que sigo admirando como uno de los más importantes artistas de esa generación, y que por desgracia, murió a los treinta y cuatro años de edad. La respuesta de Jim me dejó helado pues me dijo: “Por supuesto. Lo conocí cuando él era casi un niño, yo era más bien amigo de sus papás a quienes conocí en la ciudad de Deja en la isla de Mallorca cuando estuve trabajando en las ilustraciones del libro del poeta Robert Graves. Recuerdo el viaje que hizo Yves al Japón. A él le gustaba mucho el judo y el karate-do. Luego lo seguí viendo durante todos los años que viví en París. Recuerdo muy bien todas sus exposiciones”. Escuchar esta respuesta era como tener frente a mí un fragmento vivo de la historia, y de una historia que me hacía vibrar. Poco a poco fui descubriendo quién era este hombre que vivía en un pueblo de Michoacán, alejado de cualquier centro de cultura. Me habló luego de su estrecha relación con Marcel Duchamp, con su esposa, con los grandes galeristas de Nueva York y para entonces mi curiosidad ya estaba completamente desbordada. Yo me he reconocido siempre como un ser privilegiado que ha tenido la oportunidad de estudiar y de vivir por varios años fuera de México. Aún en estas capitales culturales son muy pocas las personas que se interesan por conocer lo que ocurre dentro de las vanguardias del arte contemporáneo. Venir a conocer a uno de los actores principales de ese fascinante universo acá en Michoacán en donde seguramente son muy pocos los que han escuchado hablar de Los Nuevos Realistas o del Process Art, de los Happenings, de los Performances, del Land Art, etc. me resultaba por demás enigmático; enigma que con los años se ha ido transformado en una clara luz paradigmática. Me siento muy afortunado de que él y su esposa Ana Pellicer me hayan abierto las puertas de su amistad, eso es mucho más que las puertas de su casa. Con el correr de los años, la amistad se ha ido fortaleciendo y, para mí, ha sido como tener un secreto manantial de agua dulce, de un agua que alimenta el alma con profunda generosidad. Fue en el año 2000 cuando Ana y Jim me extendieron la invitación para que escribiera un texto para el catálogo de su exposición “Copper, Stone and Fire” que circularía por varias ciudades del noreste de los Estados Unidos. Recuerdo que para entonces, lo que me resultaba más interesante de toda la obra de Jim era su propia vida. No pude resistir la tentación de escribir, en esa ocasión, un texto respecto al haber hecho de su vida una obra de arte. A través de ya muchos años de amistad, la existencia de Jim y de Ana me ha hecho cuestionarme los valores que la sociedad urbana, civilizada y glamorosa nos vende como “the very best”. Su vida proyecta armonía, paz, alegría de vivir. Jim nunca, ni aún ahora a sus ochenta y cinco años, ha dejado de trabajar ni física ni intelectualmente. Cada vez que conversamos me habla de sus hallazgos en sus pesquisas sobre la historia de los cobreros de Santa Clara; o de sus hallazgos respecto a las técnicas de fundición y producción de cobre prehispánicas; o del libro Theofilus, este monje benedictino alemán del siglo XI, libro que tradujo y publicó Jim hace unos años; o de sus escritos sobre una obra de Marcel Duchamp; o sobre un famoso libro del siglo XIX que compró por Internet en una librería de viejo en París, mismo que acaba de recibir. Jim ha sido un enorme regalo que la vida me ha dado. Su vida personal, el modelo que eligió para vivir, su trabajo de investigador, su trabajo como artista, su trabajo como maestro de tantas personas humildes que nunca hubieran tenido la oportunidad de formarse en grandes escuelas y que se dedican a producir piezas en metal, me hace reconocer a Jim como un hombre mucho más profundo y noble que la inmensa mayoría de los artistas que buscan el glamour de la fama en las capitales culturales del arte internacional. Gracias a su ejemplo de vida yo me he podido plantear preguntas esenciales, como por ejemplo, la diferencia entre vivir en El Centro en donde se supone que todo pasa, o vivir en la periferia en donde los espíritus libres pueden diseñar sus vidas sin preocuparse de la fama, los medios electrónicos e impresos, las ventas o el tan recurrido besamanos a los burócratas culturales o los galeristas. La vida de Jim me ha hecho entender que también se puede ser grande y tener una vida plena viviendo y produciendo alejado de los centros urbanos. Tal vez sean muy pocos los grandes artistas capaces de renunciar a la fama y al glamour a cambio de una vida casi monástica. Se requiere de mucha seguridad en uno mismo así como tener una diáfana claridad en cuanto a su proyecto de vida. Es por ello, que no puedo dejar de subrayar, la importancia de este tan importante ejemplo de vida. Pienso en los años que pasó Gauguin en Thaití, o el caso del pintor Balthasar Klossowski (Balthus) quien vivió siempre alejado del mundo y nunca concedió una sola entrevista. Para los que viven en el Centro, en la periferia nunca pasa absolutamente nada, como si tener libertad de criterio, de pensamiento y de acción no fuese nada. Como si no ser famoso significase que uno no valiese nada. No tienen idea de la gran belleza y calidad de vida que existe fuera del Centro. No pueden aquilatar las bondades de aquello que desconocen. Gracias al ejemplo de James y de Ana me he podido asomar a un universo profundamente rico en donde el tiempo es un aliado y no un enemigo, en donde llegar al destino implica recorrer caminos bellos y apacibles, en donde el gallo es aún el despertador o si este falla son los pájaros silvestres que cantan las bondades del día. He descubierto que los planetas, entre más cerca están del sol, brillan más pero lo hacen solo por el reflejo que produce el sol en ellos, opacando su luz propia. Tres de mis artistas preferidos Robert Morris, Robert Smithson y Richard Long trabajaron grandes obras en base a desplazamientos de toneladas de tierra y piedras dando origen al movimiento que hoy se conoce como Land Art. Los traigo a colasión porque recuerdo el gran impacto que me produjo el proyecto de la carretera que Jim y Ana propusieron a las autoridades para unir los pueblos de Santa Clara con el de Zirahuén. En este caso se trataba de dar solución a un problema de comunicación puesto que los dos pueblos pertenecían al mismo municipio. Los pueblos estaban separados por once kilómetros en línea recta, y para ir por carretera se debían recorrer setenta y dos km puesto que había necesidad de llegar hasta Pátzcuaro. Después de analizar las posibilidades, encontraron que el costo de hacer la carretera a mano resultaba un 90 por ciento más barata que hacerla con maquinaria y asfaltada como las demás. Decidieron hacerla a mano con la técnica de la vía Apia de Roma, y de esta manera les dieron trabajo a muchas personas de ambos poblados. Esta carretera se diseñó con la idea de que el recorrido fuese igualmente amable, por lo que se sembraron árboles frutales y diversas plantas que florecieran en distintas épocas del año para que el usuario encontrase la belleza en el camino en cualquier época del año. También pensaron en jugar con las vistas del Lago de Zirahuén como elemento estético del camino. Yo he puesto de ejemplo esta obra en cada foro que he podido. Considero que logró un propósito económico al generarle al usuario un ahorro importante en tiempo y en combustible. Se lograron abaratar muchísimo los costos de hacer la carretera generando un importante ahorro al gobierno. Se logró un propósito social al crear fuentes de trabajo para muchas familias. Se logró un propósito estético al generar una carretera mucho más amable que las carreteras comunes y corrientes. Y también se logró un propósito artístico al conceptualizar y llevar a cabo un proyecto de esa magnitud. He puesto de ejemplo esta obra al tocar el tema de la mercadotecnia cultural. He insistido hasta el cansancio en la idea de que en México la cultura se concibe como un gasto y en que no hemos aprendido a hacer que los proyectos culturales sean redituables. Éste proyecto de la carretera es aún más sorprendente puesto que se desarrolló en un medio rural. Quizás yo sea un bicho raro que lee las cosas de esta manera. A mi esta obra me resulta más que admirable y digna de presumirse en cualquier parte del mundo. Otro artista que he admirado como uno de los más grandes del siglo XX es Joseph Beuys, de origen alemán, quien, entre otros grandes conceptos, desarrolló el concepto amplificado del arte. Para Beuys el arte no debería de materializarse en objetos. Él siempre se consideró un escultor, pero siempre fue maestro universitario y la mayoría de su obra contiene una preocupación política. Para él la conversación podía ser entendida como obra de arte. De hecho su participación en la Documenta 5 de Kassel en Alemania el año de 1972 consistió en estar presente durante cien días que duró la muestra, hablando y discutiendo con la gente sobre múltiples temas. Aunque con vidas muy distintas, tanto Jim Metcalf como Joseph Beuys han considerado la educación en el arte como el fundamento de una sociedad y han trabajado para contribuir sustantivamente con este propósito en los sitios en donde han vivido. Aunque no es difícil suponer las diferencias en la formación profesional y las experiencias de vida entre los artesanos de Santa Clara y Jim, éste último buscó integrarse a ellos y transmitirles con humildad sus conocimientos respecto a las diferentes técnicas para trabajar el metal y las distintas máquinas que se requieren para hacer más eficiente su trabajo. Incluso Jim, generosamente los enseñó a fabricar sus propias máquinas y herramientas. Es de señalar que los artesanos de Santa Clara del Cobre, gracias a las enseñanzas de Jim, lograron salirse del viejo esquema de producción en donde lo único que fabricaban eran cazos de cobre para desarrollar productos artísticos de gran complejidad. Es de señalar también, que aunque muchos artesanos no lo quieran reconocer abiertamente por olvido o por mezquindad espiritual, ellos comenzaron a ganar los primeros lugares en los concursos nacionales de artesanía después de que la presencia de Jim se había permeado en la sociedad santaclarense. Hay un Santa Clara antes de Jim y otro después de él. Su presencia en el pueblo ha sido un evidente parte aguas en la historia. Yo me atrevería a decir que el nivel económico de Santa Clara mejoró gracias a que los artesanos comprendieron que podían elaborar productos más complejos con calidad artística, utilizando la misma cantidad de materia prima. Yo me regocijo de que el día de hoy le estemos rindiendo un merecido homenaje a este gran señor, gran artista y gran amigo. Lamento profundamente que nuestras autoridades de cultura, a lo largo de cuarenta y tres años hayan sido siempre miopes que no han sabido aprovechar a muchas personas que como él han llegado a nuestro estado con una extraordinaria formación técnica e intelectual. Pareciera que las autoridades le tuvieran miedo a la inteligencia, o tal vez a verse descubiertos en su mediocridad. Formar a un intelectual o a un artista tiene un altísimo costo para cualquier sociedad. Lo mejor que le puede pasar a un pueblo es que gratuitamente lleguen personas ya formadas, con amplia experiencia y conocimientos, y con deseos de compartirlos de manera generosa con los demás. En los años que llevo viviendo en Michoacán me he percatado del escaso interés que demuestran las autoridades por una gran cantidad de artistas extranjeros que viven dentro del estado, sea en Pátzcuaro, en Erongarícuaro, en Tacámbaro o en Morelia. Me duele ver tal desinterés y la enorme pérdida de posibilidades que esto significa. Lo se, porque los mismos artistas me han dicho que a ellos no los toman en cuenta para nada, que no los invitan a impartir talleres, que no los invitan a exponer sus obras, que no los incluyen en ningún programa cultural ni siquiera como parte de un jurado calificador. Tengo que subrayar que esto es una gran miopía de las autoridades culturales pues todos salen perdiendo. ¿No será parte de la vieja estrategia de seguir regateándole la cultura a la gente a fin de poderla manipular mejor en la ignorancia? De cualquier forma me parece lamentable que se hayan dejado pasar cuarenta y tres años de presencia de un hombre como Jim sin haber explotado sus habilidades y conocimientos fuera del pequeño entorno al que él pudo acceder por su propio esfuerzo. Jim no necesita probarle a nadie su grandeza de espíritu: El que tiene ojos para ver lo puede reconocer sin mayor dificultad. Jim no regatea nunca su tiempo ni sus grandes conocimientos. De esta manera siéntanse orgullosos los que han tenido la fortuna de tenerlo cerca y de abrevar en sus manantiales de sabiduría. Los que tuvieron la oportunidad y la desperdiciaron quizás haya sido por su falta de talento para reconocer las cualidades de Jim. Los que nunca supieron quién era este extranjero que llegó a vivir a Santa Clara, quizás es porque no tienen curiosidad por conocer a nadie que sea diferente a ellos mismos. Me viene a la mente en este momento aquella escena de la película “El Festín de Babette”, cuando se iban a reunir a cenar en la casa del pastor del pueblo para celebrar el centenario de su natalicio el año de 1886. Llega como invitado especial a la cena el general Laurens Lowenheim quien había conocido años atrás esa aldea costeña en Dinamarca pero había vivido siempre en las grandes ciudades. Al servir la cena que había preparado Babette con tanto esfuerzo y alegría; cena en la que se había gastado todo lo que ella había recibido tras ganarse la lotería en Francia, la única persona que supo reconocer las exquisiteces que ella había preparado fue este general. Él era el único que tenía referencias de aquél Champagne Viuda de Cliqcot, de aquél vino Vosne Romané, de aquellas codornices en sarcófagos rellenas de foie gras, de aquella sopa de tortuga tan célebre que solo se hacía en el Café Inglés de París. Todos los demás comían hasta con cierto miedo por el temor a ser envenenados. Desgraciadamente, hoy me toca venir a este foro a exaltar las exquisiteces de este ser extraordinario que habiendo logrado toda suerte de éxitos en París, en uno de los centros productores de arte más importantes del planeta, decidió venir a Santa Clara del Cobre por razones muy personales vinculadas a sus investigaciones sobre la producción de metales en tiempos prehispánicos. La presencia de Jim en Michoacán sería como si, transportados al terreno de la moda, Kenzo hubiese decidido instalarse en la meseta purépecha para estudiar el tipo de bordados que practican allí las mujeres indígenas. O en el terreno de la gastronomía como si Paul Bocuse hubiese decido instalarse en Ziracuaretiro para explorar todas las posibilidades gastronómicas del aguacate. James Metcalf no es un americano más, como cualquier otro americano. Aquí no lo hemos sabido aquilatar por la falta de referencias. Quizás para muchas autoridades culturales las referencias se limiten a Morelia o tal vez al Distrito Federal y si identifiquen a Tamayo, a Toledo o al maestro Escalera, pero tal vez nunca hayan escuchado hablar de Kenzo o de Paul Bocuse ni del festín de Babette. Una gran mayoría se complace con sobrevivir en el pantano de las grillas políticas del estado. Para mí, el tener la posibilidad de estar cerca de una persona tan valiosa como James Metcalf aquí en Michoacán, ha significado tanto como el placer de aquél general al degustar esos manjares encontrados tan misteriosamente en aquélla pequeña aldea de la costa de Dinamarca. Para Jim y para Ana todo mi cariño y admiración. Muchas gracias.  

Eduardo Rubio Elosúa.

Junio del 2010.

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